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Familiares de ... y
hermanos todos:
En este tiempo de Pascua, estamos celebrando la Resurrección
de Jesús, el acontecimiento más importante de la historia para un
creyente, la victoria de Cristo sobre la muerte,
la victoria de la vida y del amor de Dios, más fuerte que el
pecado y las limitaciones del hombre.
Y como cristianos que hemos sido hechos hijos de Dios en Cristo
por el Bautismo, celebramos también la Resurrección de nuestro
hermano ..., su paso a la vida eterna.
Creer en la Resurrección no es una cuestión de más o menos
inteligencia, tampoco es cuestión de comprender cómo podrá darse
o cómo es posible. Creer
en la Resurrección es sobre todo una cuestión de confianza.
Confianza en Cristo, en sus palabras y en su promesa.
El prometió la vida eterna para todos que quieran acogerle.
Y por sus obras, por su coherencia de vida, nosotros sabemos
que podemos confiar en El. Confianza
en aquellos testigos de
la resurrección que nos dicen que lo vieron vivo y que esa
experiencia fue capaz de cambiar por completo sus vidas. Confianza en
los miles de testigos que a lo largo de la historia han creído y han
dado su vida por esa fe. Y
confianza también en el amor, en ese amor que sentimos y que aunque
se nos muestra débil también se nos muestra con necesidad de
eternidad.
Y esa confianza es la que nos da valor y fuerza para seguir
caminando por la vida, para seguir luchando por un mundo más justo y
solidario, para amar siempre, cueste lo que cueste.
Porque la resurrección nos dice que merece la pena el
esfuerzo, que todos los gestos de amor y solidaridad son fecundos y
transformados por Dios en vida verdadera.
Hermanos, ante el cadáver de nuestro hermano, reafirmemos
nuestra fe y nuestros deseos de trabajar para que este mundo sea cada
día más humano y más fraterno.
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