En Cuaresma

           1Jn 3,14-16; Jn 6, 37-40

         “Nosotros hemos pasado de la muerte a la vida: lo sabemos porque amamos a los hermanos”.  Con estas palabras, San Juan nos saludaba en la primera lectura que hemos escuchado.  San Juan es el evangelista que quizás mejor ha sabido captar cuál es la clave, el sentido de la existencia. El evangelista nos dice algo que todos los seres humanos hemos sabido siempre, o al menos hemos sospechado, que la vida consiste en amar, que sólo el amor permanece más allá de la muerte, que sólo cuando se ama de verdad merece la pena vivir.  Y ese amor procede de Dios porque Dios es amor.   Dios ha creado el universo y al ser humano por amor, y por amor le ofrece compartir su vida, la vida eterna en la persona de su Hijo Jesús.   Y este Dios que se nos ha revelado como Padre, nos da ahora su Espíritu para que podamos amar a la manera de su Hijo Jesucristo.  Y es el amor, el amor que hayamos dado a lo largo de nuestra vida a los demás, un amor materializado en hechos concretos de perdón, solidaridad y servicio, es ese amor el puente que nos permitirá pasar de la muerte a la vida.  

            Pero nos equivocaríamos si pensásemos que San Juan nos habla sólo de la vida eterna.  Para él todo el que no ama a su hermano, ahora y aquí mismo, está muerto, y en esto coincide con nuestra experiencia de que el odio y el rencor que anidan en nuestro corazón acaban matando en nosotros todo bien y felicidad. Si tan importante es para nuestra vida el amar, amar a la manera de Dios, será bueno que a menudo hagamos examen de cómo va nuestra vida en esta asignatura tan importante.  La Iglesia durante este tiempo de Cuaresma que estamos viviendo, nos invita a examinar y profundizar en nuestra vida.  Quizás hoy de lo que más andamos necesitados es de la reconciliación. Buscar incansablemente la manera de reconciliarnos con el hermano, con el primo o el vecino.  Pedir la ayuda de Dios y dejar de lado nuestro orgullo y nuestros derechos si es preciso.   ¡Qué buen ejercicio cuaresmal si consiguiésemos estos días romper esa coraza de rencor y salir al encuentro de aquel con quien no nos hablamos desde hace tiempo!  Sentiríamos vivir en nosotros la vida de Dios que siempre nos perdona y nos acoge.  Ese Dios que hace llover sobre buenos y malos y se sienta todas las tardes a la puerta de su casa esperando la vuelta del hijo pródigo.

            Y ante este Dios Padre misericordioso ponemos hoy la vida de María.  Que le perdone sus faltas y premie su amor. Que le de la vida que nos ha prometido en Jesús.  Y que a nosotros nos permita un día gozar de ese amor de Dios que nunca se acaba.