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Esperar
contra toda desesperanza
Familiares, amigos y hermanos todos. En mitad del Adviento, nos
toca despedir a .... Lo
hacemos con tristeza porque la muerte nos arrebata a un ser querido
pero también lo hacemos con agradecimiento, porque toda vida es buena
y bendita para Dios. Pero sobre todo esta despedida, los cristianos la
hacemos con esperanza. Esperanza
en que ... que se unió a la muerte de Cristo por el Bautismo, lo sea
ahora también por la resurrección.
Aunque es verdad que esto de la esperanza, como lo de tener fe,
no es tan fácil. Porque
la vida se empeña una y otra vez en poner a prueba nuestros mejores
deseos y esperanzas. La vida con todo su cortejo de desamores y desengaños, las
dificultades por encontrar un trabajo digno, la enfermedad que acaba
apareciendo inexorablemente y tarde o temprano, la muerte.
Todo esto hace mella en nosotros,
con los años se instala en nosotros el cansancio, la desilusión,
la desconfianza y acabamos malviviendo o sobrellevando la vida
instalados en el más feroz individualismo y egoísmo.
Y no hay cosa que más se parezca a la muerte que esa soledad
en la que se encierra el que ha desesperado de todos y de sí mismo.
Por eso, ¿qué podemos hacer para recuperar la esperanza o
para no perderla?. Es cierto que la vida nos golpea a veces duramente,
es cierto que estamos desengañados, desengañados del amor, desengañados
de la política, desengañados de la Iglesia.
Es cierto que muchas veces no tenemos ganas de nada.
Pero también es cierto que la solución no pasa por
abandonarlo todo, por desertar. Es
necesario que aceptemos que las personas crecemos a base de conflictos
y de crisis, es necesario que comprendamos, como decía el poeta,
que el camino se hace al andar y que la verdadera humanidad está
no en evitar los tropiezos sino en ser capaz de levantarse de nuevo y
en intentarlo una y otra vez.
Pero aún así podemos preguntarnos: ¿pero dónde podremos
apoyarnos? ¿Dónde sacaré fuerzas para levantarme una y otra vez?
Nosotros, aquí en la Iglesia, creemos que encontramos ese apoyo, esa
fuerza que nos ayuda a seguir adelante.
Nosotros creemos que aquí, en esta Iglesia santa y pecadora,
se recuerda y se celebra el acontecimiento más importante de la
historia de la humanidad: la vida, la muerte y la resurrección de
Jesucristo. Un acontecimiento que nos interpela y ante el que no
podemos quedarnos indiferentes. Y si bien es verdad que como comunidad
de seguidores de Jesús, tenemos mucho que aprender y mejorar, también
es verdad que aquí no celebramos lo buenos o malos que somos sino lo
bueno que es Dios y lo mucho que nos ama. Algunos piensan con razón
que no es necesario venir a misa para ser buenos.
¡Por supuesto! Pero
los que venimos a misa tenemos la conciencia de que somos olvidadizos,
de que somos perezosos y fácilmente tendemos al egoísmo y la
desesperanza, por eso necesitamos que semana tras semana se nos
recuerde que a pesar de todo, a pesar el desengaño, el sufrimiento y
la muerte no tienen la última palabra sobre el ser humano.
El simple hecho de compartir aunque solo sea la escucha de la
palabra de Dios cada domingo, supone ya un aliciente, un salir de
nosotros mismos hacia los demás, una luz que se enciende cada semana
en nuestra vida recordándonos que hay otro horizonte para la
existencia, un sentido para vivir.
Hermanos, muchos habéis puesto en cuestión vuestra
pertenencia a la Iglesia y vuestra práctica sacramental.
Mantenéis vuestra presencia en los entierros como deferencia a
las familias del difunto, y esto os honra.
Pero desde aquí también os invitamos humildemente a no
abandonar esta Iglesia que nos vio nacer y a perseverar en ella,
descubriendo la fuente de esperanza que muchas veces se esconde detrás
del pecado de la comunidad. A
no abandonar las instituciones
por mucho que nos defrauden luchando por mejorarlas, a no cejar en
vuestro empeño por amar, por muchos desengaños y dificultades que
encontremos. Y todo esto
apoyándonos en Cristo, el vencedor del mal y de la muerte.
Esta oportunidad que hoy se nos da a todos de repensar nuestra
vida y nuestra pertenencia a la Iglesia, es un motivo más para dar
gracias a .... Los
muertos siempre tienen para nosotros
mensajes que es necesario escuchar con los oídos del corazón.
Gracias por tu vida ..., gracias por tus trabajos, sufrimientos y
alegrías, gracias por tus virtudes y por tus defectos.
Que el Señor te acoja y colme de felicidad todas tus
esperanzas y se cumpla en nosotros la esperanza de encontrarnos juntos
un día.
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