La cábala
BENJAMIN Forcano
CRISTIANO MULTICULTURAL
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Si no quiere repetir los errores del pasado, la Iglesia debe
combatir la lógica monopolista del mercado y de la ideología
neoliberal-demócrata
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Después de muchos siglos de un cristianismo monocultural, nos encontramos
hoy con una fase nueva en que el cristianismo se mueve dentro de un
horizonte culturalmente policéntrico. Un cambio de este género no se
hace sin examinar y reconducir el transcurrir de la historia a fin de
contrastar su desarrollo cristiano con la entraña del Evangelio.
El universalismo del cristianismo ha tomado forma preponderante en la
cultura occidental. Esta inculturación ha interiorizado los
valores genuinos del Evangelio o los ha traicionado? El cristianismo no
podía eludir la prueba de la encarnación o inculturación. Pero ha sido
fiel a los postulados esenciales de su identidad? No todo lo que ha
transcurrido en el universo cristiano --y me refiero sobre todo al
universo occidental-- puede ser admitido como válido.
La cultura europea ha pretendido erigirse como la única y acabada forma
de cultura cristiana. Pero, desde siempre, voces lúcidas y proféticas,
cuando no martiriales, denunciaron como injusta esa adecuación. En ella
hubo, ciertamente, elementos válidos e irrenunciables del cristianismo,
pero hubo también elementos espúreos y desechables.
Un caso paradigmático de esta injusta inadecuación lo constituye la
conquista de América Latina. Un falso entendimiento del universalismo
cristiano llevó a imponer la fe con la fuerza. El anuncio de la identidad
cristiana no debió hacerse legitimando religiosamente la destrucción de
la identidad cultural de otros pueblos. Pero es también cierto que el
cristianismo, bajo su ropaje europeo-occidental, ha albergado principios
que provienen de la esencia del Evangelio y que están a la base de la
moderna doctrina de los derechos humanos.
El momento actual de la globalización económica y cultural pretende
reproducir la imagen de un mundo bipolar: Norte/Sur, ricos/pobres,
dominantes/dominados. La antigua fórmula "fuera de la Iglesia no hay
salvación" adquiriría hoy una nueva versión en el "fuera del
capitalismo no hay salvación". Esta homogeneización económico-cultural
pone en entredicho la tendencia hacia un mundo culturalmente policéntrico.
En este contexto, la Iglesia, si no quiere repetir sus errores del pasado,
debe combatir la lógica monopolista del mercado y de la ideología
neoliberal-demócrata y hacer suya la alternativa sociocultural
representada por los pueblos oprimidos. La actual civilización occidental
cristiana está marcada de una desigualdad estructural que produce
injusticia y fabrica marginación masiva.
El cristianismo, con su carácter monoteísta, ha afirmado fuertemente su
universalidad y ha tenido, seguramente, razones para hacerlo, presentándose
como la única religión verdadera. Pero, en la práctica, esa
universalidad ha sido utilizada con menosprecio de otras religiones, dando
lugar a un fundamentalismo excluyente. La fe nunca puede imponerse con la
fuerza.
El Dios adorado en todas las religiones es el mismo, pero a los humanos
les atañe la búsqueda relativa y, por ende, la diversidad, por lo que
ninguna religión puede erigirse como portadora absoluta de la verdad. La
pluralidad de religiones puede sonar a teólogos de religiones monoteístas
a escándalo. Puede sostenerse teológicamente que una religión, la
cristiana por ejemplo, es la única verdadera, afirmando que todos los
hombres están orientados y capacitados para recibir la salvación a través
de Cristo, aún cuando ellos no lo sepan, dando lugar a lo que se
ha llamado "cristianos anónimos".
Si partimos del hecho experimental de las religiones concretas, hemos de
afirmar que todas pretenden ofrecer la salvación, aunque no todas por
igual. Son obvias las diferencias entre una y otras, y no todas ofrecen un
mismo grado de veracidad, pero esto debe analizarse comparativamente
mediante un estudio propio de la fenomenología de las religiones.
Lo universal de las religiones es su dios, pero no sus realizaciones históricas.
Todas las religiones se orientan hacia el Indecible, el único que
subsistirá al final de la historia.
Por eso, sin que las religiones renuncien a su identidad, deben sobre todo
aprender a examinarse críticamente, admitir coincidencias con las otras e
impulsar diálogo y colaboración con las grandes causas de la humanidad.
Teólogo.
En El Periódico del 7 de enero del 2000
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