|
Dos artículos de opinión publicados los días 28 y 29 de junio en el El Mundo sobre la revelación del tercer secreto de Fátima |
|
Jueves,
29 de junio de 2000
RAFAEL NAVARRO-VALLS
|
| H
ace unos días el Center for Media and Public Affairs de Estados
Unidos publicaba un detallado estudio sobre los medios de
comunicación y el tema de la religión. Conclusión: a finales de
esta década se detecta un renovado interés por las noticias de
esta índole, que duplican en número las de la década anterior.
La gran novedad en el ocaso del segundo milenio es el resurgir del
sentimiento religioso. Esto explica, por ejemplo, que uno de los
últimos Pulitzer se conceda a una obra cuyo argumento y título
es Dios. Una Biografía (de Jack Miles); que un país como Francia
-que ha hecho del laicismo un signo distintivo- se apasione por un
bautismo celebrado hace 1.500 años (Clodoveo, rey de los
francos); que a un líder religioso (Juan Pablo II) acabe de
concedérsele la Medalla de Honor del Congreso de los Estados
Unidos; o que la sociología localice en la des-secularización el
gran desafío del siglo XXI. De hecho, hoy se declaran creyentes el 92% de la población de
EEUU, el 91% en Italia y el 86% en España. Las insurrecciones
masivas en el Este europeo fueron efecto directo de dos fuerzas
-nacionalismo y religión- cuya vitalidad se menospreció durante
decenios. La religión salta así de páginas perdidas en los
dominicales a la primera plana de los diarios. En este contexto
hay que encuadrar la atención -de creyentes y no creyentes- sobre
el llamado tercer secreto de Fátima, que acaba de hacerse público
en su totalidad. ¿Por qué revelarlo ahora? Si estamos a opiniones autorizadas,
la razón estriba en que el mensaje de Fátima había sido
indebidamente secuestrado por un sector que lo centraba en un
catastrofismo apocalíptico de carácter tremendista. Sobre ese
texto inédito se especulaba en clave milenarista. Con lo cual
quedaba en la penumbra el mensaje público y manifiesto de Fátima.
Es decir, la insistencia en lo que es central en la doctrina
cristiana: la necesidad de la oración y la penitencia. También
para fomentar la esperanza en la misericordia divina y su
capacidad de alterar el rumbo de la Historia. Mensaje,
ciertamente, inteligible sólo desde la fe. Al igual que su
corolario: el masivo quebranto de las leyes morales tiene
imprevistas consecuencias, que desencadenan contiendas bélicas y
devastadores conflictos sociales. Lo accesorio -tercer secreto- se
había acabado convirtiendo en lo fundamental. Desvelando el
secreto, lo fundamental vuelve al primer plano. Conviene no olvidar que, con el final de la guerra fría, los
apocalipsis al uso no son tanto el nuclear cuanto los
catastrofismos milenaristas y ecológicos. Lo cual es consecuencia
directa de una cierta degradación del propio concepto de religión,
que tiende a ser deformado por lo que Luigi Accattoli llama «notas
de registro bajo». Es decir, tonos que la centran en aspectos
marginales, dotados de cierta espectacularidad y que se mueven en
zonas fronterizas con los cataclismos, la magia, el folclor o la
patología. Aunque el apocalipsis retrocede, aún queda la
fascinación por él. Desvelando la totalidad de lo que los
pastorcillos de Fátima vieron y oyeron el 13 de mayo de 1917, se
evita que ese aludido retorno de lo religioso se convierta en
mercadillo de lucro de algunos especuladores. Quizás por ello la Santa Sede ha hecho público la totalidad
del mensaje de Fátima, adjuntando una fotografía del texto hológrafo
escrito por Sor Lucía. Probablemente para desautorizar a quienes
especulaban con el apocalipsis y también para cortar de raíz el
rumbo de manipulaciones interesadas, que en determinados medios
comenzaron a difundirse, cuando Sodano reveló hace un mes en Fátima
los términos generales del tercer misterio, sin aludir para nada
a supuestos anatemas contra el Concilio y el posconcilio, que
algunos expertos vaticinaban que el texto ahora hecho público
contenía. Lo cual, claro está, no significa que lo desvelado ahora
carezca de importancia. Como es sabido, lo hecho público es la última
parte de un mensaje único que sólo las circunstancias han
troceado. Del mensaje único se sabía desde hace tiempo algunos
contenidos. El anuncio de la Segunda Guerra Mundial. La muerte
prematura de dos de los tres protagonistas (Jacinta y Francisco),
como así fue. En fin, el anuncio de posteriores conflictos bélicos
debidos, en buena parte, a lo que en el mensaje se enuncia como «Rusia»
(hoy hablaríamos de imperialismo soviético) y acompañados de la
aniquilación de varias naciones (Estonia, Lituania, Letonia etcétera).
También se insinuaba el desplome del socialismo real. Si estamos a lo acaecido durante estos últimos 100 años, lo
anunciado en 1917 no parece descaminado. El siglo XX ha sido el más
sangriento de toda la Historia de la Humanidad. Unos 140 millones
de personas han muerto en 135 guerras locales (Corea, Vietnam,
Angola, Etiopía, Afganistán, Yemen del Sur, Mozambique, Laos,
Camboya, etcétera, etcétera) o mundiales. Más que todos los
muertos en contiendas bélicas antes de 1900. La última parte de ese mensaje único, adopta la forma de una
suerte de profecía simbólica, que sintetiza la historia del
siglo XX en una sucesión de hechos superpuestos en el tiempo.
Como más reseñables: la contienda de las ideocracias contra las
creencias religiosas; el atentado contra «un obispo vestido de
blanco», que Sor Lucía identifica en el texto con un Papa y que
el cardenal Sodano hace un mes y medio identificaba con Juan Pablo
II; el martirio de un número indeterminado de personas. Este
tercer secreto parece preanunciar el siglo de los grandes
totalitarismos -en especial, el de los campos nazis de exterminio
y el de los gulags soviéticos- con sus millones de mártires
cristianos y no cristianos. Se entiende así que, antes de viajar
a Fátima, Juan Pablo II recordara en el Coliseo romano una lista
de 13.000 nombres que quieren simbolizar el conjunto de esas víctimas.
Y se entiende también que en el atentado contra el Pontífice
comience a hablarse -junto a la pista búlgara- de la pista
religiosa. Algo más que una coincidencia parece darse entre los días
13 de mayo de 1917 (primera aparición de la Virgen en Fátima),
13 de mayo de 1981 (atentado contra el Papa) y 13 de junio de
2000, indulto de Alí Agca. Un indulto que se suma a lo que
Rosario Priore -el juez italiano que terminó de instruir el
atentado- llama el «segundo milagro» de la Plaza de San Pedro.
Es decir, no sólo que Juan Pablo II no muriera por los disparos
de Alí Agca, sino que éste escapara indemne de lo previsto en el
desenlace de la trama: su muerte a manos de terceros en el propio
escenario del crimen proyectado. Como advierte Beretta es probable que, a partir de ahora, junto
al «secreto de Fátima», haya de hablarse del «escándalo» de
Fátima. Es decir, de la perplejidad de los «bien pensantes»
ante la invitación -implícita en el mensaje a los tres
pastorcillos- de interpretar en clave religiosa el siglo más
irreligioso de la Historia. De introducir, junto a las claves
geopolíticas al uso, criterios teológicos para explicar las
grandes quiebras morales del siglo XX. Ya Paul Claudel decía
sobre Fátima: «Es una irrupción violenta, iba a decir
escandalosa, del mundo sobrenatural en este agitado mundo material».
Antes de escandalizarnos conviene reparar que, en el revés de la
trama humana, se ocultan unas claves que la teología de la
Historia puede ayudar a comprender. Entre esas claves -Ratzinger
lo apunta en la presentación oficial del documento- hay que
incluir la intervención maternal de la Virgen en la historia del
mundo así como el valor y significado de la mujer, de toda mujer,
en la aventura humana. Se dirá que lo hecho público ahora es ya Historia. Que el
velo del futuro no ha sido descorrido. Pero no puede olvidarse que
los destinos de los pueblos y de los individuos singulares deben a
su historia casi el 90%. De ahí que un politólogo pueda afirmar
con sólidos argumentos a un condenado sobre cuyo pescuezo va a
caer la cuchilla de la guillotina: «Serénese, esta ejecución
corresponde a un momento de la historia completamente superado».
Jean-François Revel -que es de quien tomo la imagen- concluye con
razón que «las nueve décimas partes de lo que nos sucede es el
fruto de momentos de la Historia completamente superados». Desde luego, el mundo hoy sería muy distinto si no hubiera
ocurrido lo que vieron esos chiquillos de Fátima que ocurriría
este siglo XX. Rafael Navarro-Valls es catedrático de la Universidad
Complutense. |
|
Miercoles,
28 de junio de 2000
JOSE IGNACIO GONZALEZ FAUS Debo
comenzar esta nota reconociendo que no creo en las apariciones de Fátima.
Como cristiano, no estoy obligado a creer en ellas. Ser cristiano es
creer que Dios resucitó a Jesús, que en esa acción manifestó que
la conflictiva vida terrena de Jesús había sido divina, desautorizó
las razones del sistema que le había condenado como blasfemo y, a la
vez, ofreció el perdón a los verdugos, incluyéndolos en la
Resurrección de su Víctima. Basta. Por resumido que esté y aunque
pueda decirse de otras maneras, todas confluirán en algo así. Y todo
lo demás ha de desplegarse de ahí. Fátima y las apariciones marianas no entran en ese esquema ni se
deducen de él. San Juan de la Cruz ya alertaba contra aquellos que no
tienen bastante con ese esquema (en el cual Dios «ya nos lo ha dicho
todo») y buscan nuevas revelaciones. Para el caso de Fátima puede
ser bueno evocar dos libros. El primero es nada menos que de 1954.
(Apariciones, del jesuita español C. M. Staehlin). Desautorizaba las
apariciones de Fátima aunque no se reducía sólo a ellas. Y mereció
de una revista más bien conservadora, el siguiente comentario: «He
aquí un libro que honra a la ciencia católica». El segundo apareció
el año pasado en Portugal. Se titula Fatima nunca mais. Su autor, M. Oliveira, es cura y portugués, dato digno de
evocarse, dado que Fátima ha sido utilizada como bandera y refugio
del nacionalismo portugués, en momentos en que el pueblo hermano (por
dictaduras y demás vericuetos de la Historia), se encontraba, como
nosotros, en una situación mundial similar a la de aquel personaje
del que Homero dice con callada ironía que era «un varón no muy
digno de envidia». En circunstancias así, un libro como éste honra
más a Portugal que las apariciones de Fátima. Decir lo anterior no equivale a negar la posibilidad de que unos
pastores o un papa tengan algún tipo de «experiencia espiritual» o
mística, en relación con Fátima. Yo no puedo negar esa posibilidad,
sino contextuarla. Y un dato fundamental para ello es lo que la teología
ha enseñado siempre a propósito de las experiencias místicas: no se
da experiencia que no esté ya interpretada. Y, sin embargo, la
interpretación no pertenece a la experiencia: se le sobreañade
aunque sea inseparable de ella. Y además, la interpretación echará
mano inconscientemente de elementos expresivos que forman parte de la
cultura y situación del sujeto de la experiencia. Parece difícil, pero quizá se aclare con un par de ejemplos.
Todos los místicos han sido conscientes (y han avisado) de que,
cuando trataban de expresar su experiencia, lo dicho no respondía a
lo que habían experimentado. Véase además la censura que dio el
dominico Bañez a la Vida de santa Teresa. Bañez «catedrático de
prima en Salamanca», hombre de gran rigor intelectual y más bien
conservador (al menos en relación con sus hermanos Las Casas y
Vitoria), había sido una ayuda inestimable para Teresa. Pero, a la
hora de dar la aprobación a su Vida, se limitó a decir que ella no
mentía conscientemente en lo que allí cuenta: «Aunque ella se engañase
en algo, a lo menos no es engañadora, porque habla tan llanamente
bueno y malo, y con tanta gana de acertar, que no deja dudar de su
buena intención». Y todavía añade: «Ninguno ha sido más incrédulo
que yo en lo que toca a sus visiones y revelaciones, aunque no en lo
que toca a la virtud y buenos deseos suyos». Con letra más pequeña, y con cierto temor sobrecogido, podría añadir
un testimonio personal. A veces sospecho que en algún momento de mi
historia, quizá he sido sujeto de un encuentro con Dios. Pero sé que
si intentara decirlo o transmitirlo a otros, no podría ser creído
porque no lograría expresarlo. Podría dar algunos datos biográficos
o anecdóticos, pero no lograría decir, de manera universalmente válida,
lo que ocurrió (¡y fue muy poco!). Todo esto me lleva a respetar
posibles experiencias. Pero me lleva a disentir de que se las quiera
convertir en materia de expresión universal de la fe: porque entonces
se prestan al ridículo o a manipulaciones impresionantes. En el caso de María es perceptible una distancia clara entre la
María del evangelio y la María de las apariciones. Ironizando con la
letra de una ranchera que cantaba Massiel, una parece «María de la
gracia» y otra «María de los guardias» («María es mi gracia,
pero a mí me dicen María de los guardias» cantaba Massiel). El
citado Staehlin ya adivinaba ese esquema típico de las modernas
apariciones marianas: resulta que la Virgen siempre se aparece «contra
alguien» y en defensa de algún sistema conservador. Resulta extraño
que María llamase «conversión de Rusia» a lo que hasta ahora no ha
sido más que «otra perversión de Rusia», aceptando además el
dogma occidental de que nosotros éramos «superiores» al Este
cuando, a los ojos de Dios, tanta conversión necesita el sistema
occidental como el oriental. Pueden entrar aquí datos de eso que nosotros solemos llamar
despectivamente «religiosidad popular», y tildamos de superstición
sin darnos cuenta de que igualmente supersticiosa suele ser la que
Metz llama «religión burguesa». Ahora bien: bajo una formulación
supersticiosa puede haber una actitud muy creyente y respetable (Jesús
alaba la fe de una mujer que creía supersticiosamente que para
curarse era necesario «tocarle el vestido», y no la reprende por
ello: cf. Mc 5,27-34). Pero a la vez, una formulación supersticiosa
puede ser trágicamente utilizada en defensa de mil valores culturales
contingentes y a veces discutibles. Y entonces se convierte en ridícula
o en una manipulación de lo religioso (en este caso de María). Pongo todavía un ejemplo reciente de esa manipulación. Como
valenciano, di gracias por la derrota del Valencia en la final de la
Liga de Campeones. Que me perdonen mis paisanos. Pero hería mi
sensibilidad religiosa el pensar que aquellos que forman parte de los
desamparadores podían ir al día siguiente a dar gracias a la Madre
de los desamparados. Como la hiere cada vez que, en esta Barcelona en
que me muevo, he tenido que contemplar que los sin merced iban a dar
gracias por una copa que les había otorgado la Virgen de la Merced.
Un respeto por favor: el amparo y la merced no están para sostener a
quienes colaboran en el desamparo y en la cautividad. Y quienes viven
en el mundo del fútbol (aunque jueguen de maravilla y nos narcoticen)
están de ese lado cruel: por lo que cobran que es profundamente
injusto, y por otros detalles como el gasto que el fútbol español
movió en fichajes en 1999, y que habría servido para solucionar casi
todos los problemas de listas mortales de espera en la Sanidad de
nuestro país. Es un ejemplo entre tantos posibles. Este habría de ser el marco para hablar del famoso tercer secreto.
Seguramente es de alabar la libertad y el riesgo que suponen la decisión
de publicarlo. Hace sonreír que vuelva a ponerse de moda el tema de
la predestinación, que los teólogos considerábamos más caduco que
los polisones. A lo mejor habremos de rescatar la vieja frase de los
escolásticos («el futuro no será así porque Dios lo vea así, sino
que Dios lo ve así porque será así»). Una forma de hacernos ver
que hay algo que nuestra razón nunca podrá superar cuando intenta
hablar de Dios: y es eso de existir «fuera del tiempo». O que Ali
Agca seguirá siendo culpable aunque se crea predestinado. Pero de ese
tema ya habló no hace mucho este periódico. Lo que me gustaría recoger ahora es la pregunta que hace poco me
lanzó el periodista Alex Rodríguez: «Un obispo vestido de blanco y
manchado de sangre» ¿por qué no podría ser... ¡Monseñor Romero!?
¿No vestía a veces sotana blanca, y oficiaba de blanco cuando le
mataron?» He oído pocas cosas más geniales en los últimos días. Porque ya
verán ustedes: si se empezara a pensar que el tercer secreto aludía
al arzobispo Romero y no al atentado del Papa, pronto comenzarían a
aparecer voces avisando de que hay que ser muy sobrios en estas cosas,
que «la Iglesia es muy sabia» y no se fía etcétera, etcétera. Y
es que entonces ya no se podría utilizar el santo nombre de Dios en
defensa de un sistema que (aunque tenga mil palabras y aspiraciones y
gestos válidos que proceden del Espíritu de Dios), en su conjunto es
un sistema de injusticia y desigualdad que Dios reprueba. José Ignacio González Faus es teólogo. |