El aborto

A veces me escriben mujeres, chicas que acaban de abortar y que sufren. Su sufrimiento es doble. El dolor procede primero "del interior": aunque esté decidida y segura de que no tiene otra elección, la mujer que acaba de abortar experimenta una terrible desesperación. "Nada peor puede ocurrirle a una mujer", contaba aquella chica de 19 años. Este sufrimiento no se puede ignorar, no se puede borrar. El aborto es una herida, un desgarramiento.

El otro sufrimiento procede del exterior. Es la condenación de los demás. De los defensores del orden moral, de los comandos "anti IVG" (contra la interrupción voluntaria del embarazo) que se manifiestan periódicamente. La extrema derecha y el integrismo religioso se dan la mano en esta cruzada. ?Cómo no temer a estos nuevos cruzados que pretenden imponer su verdad por la fuerza? Querer regentar las conciencias siempre es un peligro funesto. Querer, como lo hacen algunos países, suprimir la ley existente es dar un peligroso paso atrás. Es un deber para nuestra sociedad impedir los abortos clandestinos tan peligrosos para las madres.

Es preciso, claro está, evitar los abusos y no trivializar el aborto. Eso no es lo que desean las mujeres. En este sentido, la educación es y será la mejor prevención.

La dignidad de una mujer y de un hombre se realiza mediante una elección libre y responsable, con respeto mutuo. ?Quién sabe el precio incalculable de la decisión común de una pareja al decir sí o no a la vida?

Ahora bien, para que todos puedan dar el sí a la vida la sociedad debe responder a interrogantes que pregunten por su justicia social y su solidaridad. ?Cómo podrían quedarse con su niño mujeres abandonadas, sin trabajo y que viven en condiciones inaceptables? No nos toca juzgar a una mujer que decide abortar. En cambio, sí nos toca preguntarnos si hemos sabido aportarle el calor, el consuelo y la ayuda que tal vez hubieran podido evitar ese fracaso.

Tomado de la página del Obispo Gaillot en su página de la diócesis de  Paternia (Catecismo electrónico)