Ante el problema del mal, muchas personas dudan de la existencia de Dios.
Preguntas como ¿porqué permite Dios que pasen tantas desgracias? ¿porqué
no impide Dios que mueran tantos niños inocentes? etc. etc., nos las
hemos hecho más de una vez o las hemos escuchado a familiares y amigos.
Como cristianos tenemos que tener claras algunas de estas ideas. Para
pensar en ello he aquí un dilema que un filósofo de la antigüedad
-Epicuro- pensó hace más de dos mil años: "O Dios
puede y no quiere evitar el mal y entonces no es bueno; o quiere y no puede y
entonces no es omnipotente, o ni quiere ni puede y entonces no es Dios".
Piensa en ello, e intenta dar una respuesta. ¿Qué respuesta daría
a Epicuro Jesús de Nazaret?.
Algunas respuestas posibles:
1. La respuesta del ateo: Suprimir a Dios: Dios no
existe. Es la solución del ateísmo trágico "Para
Dios, la única excusa es que no existe" (Stendhal y Nietzsche). "Los
ojos que han contemplado Auschwitz e Hiroshima nunca podrán contemplar a
Dios" (Hemingway). Sin embargo reducir todo a este mundo y a sus leyes, en
realidad significa implícitamente rendirse ante el problema del dolor y
de la muerte.
2. La respuesta del hombre religioso: Otros resuelven el
conflicto a través de la fe en un Dios que todo lo regula en orden al
bien de acuerdo con unos designios que la mente humana no puede entender; es la
solución que se apunta en el libro de Job, apoyada en la espera
inquebrantable de una justicia futura: "Yo sé que está vivo
mi Vengador y que al final se alzará sobre el polvo; después que
me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios; yo mismo lo veré,
y no otro, mis propios ojos lo verán" (Job 19, 25-27). Es preciso
reconocer sin embargo, que una fe en Dios que justifique el sufrimiento y la
injusticia del mundo sin protestar contra ella es una fe inhumana y produce
frutos satánicos. La resignación es, en el fondo, abdicación
ante la tarea de cambiar la injusticia del mundo.
3. La respuesta del Buda: Otros, al identificar en la sed
de justicia la raíz última del dolor frente al mal del mundo,
trazan un sendero de renuncias que lleve a extinguir toda sed y, en
consecuencia, toda capacidad de amar y de sufrir; es la solución de
algunas místicas orientales, que reducen la historia humana a vacía
impermanencia y la vida a fuga hacia un "nirvana" que deja intactas
las laceraciones y las llagas del sufrimiento del mundo.
4. La respuesta de Jesús de Nazareth: Jesús
conoció como nadie la presencia y la fuerza del mal. Toda su vida la vivió
como una lucha continua contra todas esas fuerzas que se oponen a la vida y a la
dignidad del hombre. Finalmente él mismo, tuvo que enfrentarse con la
muerte. Y en la muerte, Jesús pasó por la experiencia de un
abandono real de Dios, de la ausencia y del silencio de aquel en quien había
puesto toda su esperanza y cuya presencia más anhelaba en la hora de la
cruz como garantía de su misión mesiánica. El Crucificado
es el más desolado de los desolados y de los oprimidos de la tierra. Sin
embargo, al abandono doloroso responde él con el ofrecimiento; es el
abandonado, pero no el desesperado. La experiencia del abandono por parte del
Padre se convierte en el abandono de sí mismo en sus brazos. Jesús
abandonado en la cruz vive entonces su dolor en profunda comunión con
todos los crucificados de la tierra, y a la vez, como oblación confiada a
su Padre por amor al mundo. ¿Y el Padre? ¿Ha permanecido ajeno,
prisionero de un "egoísmo divino" frente al sufrimiento del
Hijo? En realidad Dios sufre en la cruz como Padre que ofrece, como Hijo que se
ofrece y como Espíritu que es el amor que dimana de su amor que padece.
La cruz es historia del amor trinitario de Dios por el mundo. El Dios cristiano
no está fuera del sufrimiento del mundo, como espectador impasible desde
lo alto de su inmutable perfección; lo asume y lo vive del modo más
intenso, como sufrimiento activo, como don y oferta de la cual brota la nueva
vida del mundo. A partir de aquel Viernes Santo, sabemos que la historia del
sufrimiento humano es también historia del Dios cristiano; él está
presente en ella para sufrir con el hombre y conferirle el valor inmenso del
sufrimiento ofrecido por amor. Es el Dios que da sentido al sufrimiento del
mundo porque lo ha asumido hasta hacerlo su propio sufrimiento; este sentido es
el amor. Contra la resignación fideista (Job), la rebelión atea,
o la huída budista, el Dios crucificado hace al hombre capaz de un
sufrimiento activo, vivido en comunión con todos los desolados de la
tierra y en oblación al Padre, que lo acoge y le confiere valor. Comunión
activa con los que sufren, ofrecimiento y confianza en el Padre, ésta es
la respuesta de Jesús al mal.
5. La respuesta de Dios: Dios resucita a Jesús de
Nazareth.